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China y la soberanía en América Latina

Dic 20, 2021
CELAC

China desempeña un papel crucial de apoyo al progreso y la soberanía en América Latina

por Carlos Martínez

EN LAS ÚLTIMAS DOS DÉCADAS, los vínculos económicos entre América Latina y la República Popular China se han expandido a un ritmo vertiginoso.

Si en el año 2000 el comercio bilateral era de apenas 12 mil millones de dólares (el 1% del comercio total de América Latina), en la actualidad asciende a 315 mil millones de dólares. En el mismo periodo de tiempo, la inversión extranjera directa de China en América Latina se ha multiplicado por cinco.

Desde el lanzamiento de la Iniciativa de la Franja y la Ruta en 2013, 19 de los 33 países de la región de América Latina y el Caribe se han adherido a la estrategia global de desarrollo de infraestructuras liderada por China.

Los proyectos de infraestructura han sido un foco particular para las empresas chinas. Escribiendo en la revista Foreign Policy en 2018, Max Nathanson observó que “los gobiernos latinoamericanos han lamentado durante mucho tiempo la infraestructura deficiente de sus países.” China ha “intervenido con una solución: unos 150 mil millones de dólares prestados a los países latinoamericanos desde 2005.”

La inversión china ha sido ampliamente reconocida en toda la región por su impacto económico y social positivo, especialmente en lo que respecta a facilitar los proyectos gubernamentales para reducir la pobreza y la desigualdad.

Libro The China Triangle

Kevin Gallagher, en su útil libro The China Triangle: Latin America’s China Boom and the Fate of the Washington Consensus, escribe que “Venezuela ha estado muy activo gastando fondos públicos para ampliar la inclusión social a los pobres del país. El país… pudo financiar esos gastos gracias al alto precio del petróleo en la década de 2000, y gracias al fondo conjunto con China”.

Se puede contar una historia similar sobre los programas sociales transformadores en Bolivia (bajo los gobiernos del MAS), en Brasil (bajo los gobiernos del PT), en Ecuador (en la era de Correa) y en otros lugares. Y, por supuesto, China ha prestado un apoyo indispensable a la Cuba socialista durante las últimas tres décadas.

Brasil, bajo los gobiernos de Lula y Dilma (2002-2016), fue aclamado en todo el mundo por sus campañas sin precedentes para combatir la pobreza, la escasez de vivienda, la desnutrición y la falta de acceso a la educación y la salud. Como parte de su rechazo al Consenso de Washington y su adopción de la multipolaridad y la cooperación Sur-Sur, el gobierno de Lula amplió masivamente los lazos económicos con China. El entonces ministro de Asuntos Exteriores, Celso Amorim, dijo que la relación Brasil-China formaba parte de una “reconfiguración de la geografía comercial y diplomática del mundo”.

La inversión china ha resultado especialmente atractiva para los gobiernos de la región que buscan proteger su soberanía y mejorar el nivel de vida de sus poblaciones.

Las inversiones de las instituciones financieras internacionales (sobre todo del FMI) suelen venir acompañadas de condiciones de privatización, desregulación y austeridad fiscal. Los préstamos para el desarrollo que vienen de China no llevan aparejadas estas condiciones. Gallagher afirma que los bancos chinos “no imponen condiciones políticas de ningún tipo, en consonancia con la política exterior general de no intervención”.

Chávez en China

Aparte del comercio y la inversión, China proporciona más de 5 mil millones de dólares de ayuda a América Latina cada año. Desde el comienzo de la pandemia, China ha proporcionado alrededor de la mitad de las dosis de vacunas Covid-19 de la región. En una reciente reunión con la comunidad boliviana en Londres, el Presidente Luis Arce señaló que, en la hora de necesidad de Bolivia, fueron China y Rusia quienes se pusieron en contacto para ofrecer vacunas. Además, China ha donado grandes cantidades de kits de pruebas, ventiladores, trajes de protección, cubrebocas, guantes y termómetros digitales a diversos países latinoamericanos, como Venezuela, Bolivia, Argentina y Chile.

La relación de China con América Latina ha sido beneficiosa para cientos de millones de trabajadores y campesinos de la región; sin embargo, no todos están contentos con ella. Por ejemplo, el entonces secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson -no muy conocido por su espíritu antiimperialista- acusó a China en 2018 de ser una “nueva potencia imperial… que utiliza la estrategia económica para atraer a la región a su órbita.”

Esta visión de China como una fuerza imperialista en la región no se limita a la ultraderecha trumpista. Reduciendo el análisis de Lenin a una caricatura, algunos en la izquierda ven las crecientes exportaciones de capital de China como un ejemplo de imperialismo. Pero el imperialismo -el imperio- no puede definirse puramente sobre la base de la inversión extranjera; si ese fuera el caso, tendríamos que denunciar a Angola como una potencia imperialista en Portugal.

El imperialismo es, más bien, “un proceso de dominación guiado por intereses económicos”, en palabras del autor canadiense Stephen Gowans.

Los latinoamericanos saben muy bien cómo es el imperialismo, tanto en sus formas coloniales como modernas. Han sido testigos de golpes de Estado patrocinados por la CIA desde Guatemala hasta Chile, desde Brasil hasta la República Dominicana.

Han sido testigos de guerras de proxy contra gobiernos progresistas y del apoyo entusiasta de Estados Unidos y Europa a dictaduras militares asesinas. Han sido testigos de un punitivo bloqueo de seis décadas impuesto ilegalmente a la isla de Cuba (por no mencionar la continua ocupación y uso de un rincón de su territorio como campo de tortura).

Los latinoamericanos han sufrido el subdesarrollo sistemático de su continente por parte de los países del Norte global, descrito con tanta fuerza en Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. Han observado la insistencia de las multinacionales occidentales en que la región no ocupe otro lugar en la economía mundial que el de proveedor de materias primas baratas.

Han soportado el neoliberalismo y la austeridad del Consenso de Washington; estrategias económicas que beneficiaron a una pequeña élite mientras millones languidecían en la pobreza.

Calificar la inversión china de “imperialista” es francamente un insulto a las masas que han sufrido el imperialismo real.

Los representantes de la clase obrera y de las comunidades oprimidas de América Latina no consideran ciertamente imperialista el papel de China en ese continente.

Chavez en China

El difunto presidente venezolano Hugo Chávez visitó China seis veces en el transcurso de sus 13 años como presidente de Venezuela y fue un firme defensor de las relaciones entre China y Venezuela. Consideraba a China como un socio clave en la lucha por un nuevo mundo, y declaró de forma memorable: “Nos han manipulado para que creamos que el primer hombre en la luna fue el acontecimiento más importante del siglo XX. Pero no, ocurrieron cosas mucho más importantes, y uno de los mayores acontecimientos del siglo XX fue la revolución china”.

Los gobiernos de Chávez y Maduro siempre han alentado el compromiso económico chino con Venezuela, y consideran que una alianza con China constituye un baluarte contra el imperialismo, una “Gran Muralla contra el hegemonismo estadounidense”.

Chávez habló sin tapujos de la diferencia entre China y las potencias imperialistas: “China es grande pero no es un imperio. China no pisotea a nadie, no ha invadido a nadie, no anda tirando bombas a nadie”.

En 2017, el entonces ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, Jorge Arreaza, describió los acuerdos comerciales y de inversión entre China y Venezuela como establecidos de manera “justa, equitativa e igualitaria”, y contrastó el enfoque ganador de China con el unilateralismo y el hegemonismo de Estados Unidos.

Fidel Castro -que no se queda atrás en cuando al antiimperialismo- rechazó de plano la idea de que China sea una potencia imperialista. “China se ha convertido objetivamente en la esperanza más prometedora y el mejor ejemplo para todos los países del Tercer Mundo… un importante elemento de equilibrio, progreso y salvaguarda de la paz y la estabilidad mundial”.

La ayuda y la amistad de China han resultado inestimables para la Cuba socialista; China es ahora el segundo socio comercial de la isla y su principal fuente de asistencia técnica.

Lo que Estados Unidos y sus aliados odian de la relación China-América Latina no es que sea un ejemplo de imperialismo, sino lo contrario: que está creando un espacio para la derrota del imperialismo y el hegemonismo; está creando un espacio para el desarrollo soberano y el nacimiento de un mundo multipolar.

China está siempre al lado de los pueblos de América Latina contra la injerencia, las sanciones y la desestabilización. Su compromiso económico apoya el desarrollo y la mejora de las condiciones de vida. Para los políticos estadounidenses, cuya visión del mundo sigue estando formada en gran medida por la Doctrina Monroe, esta postura es inaceptable. Para los pueblos de América Latina, es un salvavidas.

Tomado de morningstaronline.co.uk

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