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UNA GUERRA FRÍA PODRÍA SER LA MEJOR NOTICIA

Mar 23, 2022

Una guerra fría podría ser la mejor noticia

Por Michael Klare

La invasión rusa a Ucrania ha sido ampliamente descrita como el principio de una nueva guerra fría, muy semejante a la anterior, tanto en los personajes que la interpretan como en su naturaleza ideológica. En el concurso entre la democracia y la autocracia, entre la soberanía y la subyugación, no se equivoquen, la libertad prevalecerá, aseguró el presidente Biden en un discurso a la nación televisado el mismo día que los tanques rusos ingresaron a Ucrania.

Pero mientras Rusia y Occidente están en desacuerdo en muchos temas de principio, esto no es una nueva edición de la guerra fría, es una lucha geopolítica muy particular del siglo XXI con el objetivo de obtener una ventaja en un tablero de ajedrez global muy competido.

Si hablamos en términos comparativos, pensemos en este momento como algo más semejante a la situación en Europa anterior a la Primera Guerra Mundial, que en lo que ocurrió como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial.

Geopolítica

La lucha denodada por el control sobre territorios extranjeros, puertos, ciudades, minas, vías férreas, campos petroleros y otros recursos materiales y militares ha gobernado el comportamiento de las más grandes potencias por siglos. Por ejemplo, Gibraltar, Pearl Harbor, las minas de diamantes de África, los campos petroleros en Medio Oriente. Los ambiciosos poderes mundiales, desde el Imperio Romano hasta la fecha, siempre han partido del principio de que adquirir el máximo control sobre esos lugares –por la fuerza, de ser necesario– es el camino más seguro hacia la grandeza.

Durante la Primera Guerra Mundial era considerado grosero entre los círculos gobernantes expresar de manera abierta sus motivos descaradamente utilitarios. En cambio, las partes fabricaban elevadas justificaciones ideológicas para explicar su intensa rivalidad. Incluso entonces, las consideraciones geopolíticas prevalecían. Por ejemplo, en la Doctrina Truman, ese temprano ejemplo de la ferocidad ideológica de la guerra fría, fue creado con la finalidad de justificar los esfuerzos de Washington para repeler las incursiones soviéticas en Medio Oriente, que entonces era la principal fuente de petróleo para Europa (y una fuente de ganancias para las petroleras estadunidenses).

Hoy día, las apelaciones ideológicas siguen siendo ostentadas por funcionarios del más alto nivel para justificar sus movimientos militares predatorios, pero se vuelve cada vez más difícil disfrazar la intención geopolítica de mucha de esta conducta internacional. El asalto ruso a Ucrania es el más implacable y ostensible ejemplo reciente, pero dista de ser el único.

Durante años, Estados Unidos ha buscado contrarrestar el ascenso de China con el incremento de las fuerzas militares estadunidenses en todo el Pacífico occidental, lo que ha provocado una serie de respuestas de Pekín. Otras potencias, incluidas India y Turquía, también han tratado de extender su alcance geopolítico. No es de extrañar que, en estas circunstancias, aumente el riesgo de que estallen guerras en este tablero de ajedrez global, y eso implica que entender la geopolítica contemporánea se ha vuelto aún más importante.

Comencemos con Rusia y su afán por lograr una amplia ventaja militar.

Luchando en el campo de batalla europeo

 presidente ruso Vladimir Putin

Sí, el presidente ruso Vladimir Putin ha justificado su invasión en términos ideológicos al afirmar que Ucrania es un Estado artificial que se separó injustificadamente de Rusia. También ha denigrado al gobierno ucranio al afirmar que está infiltrado por neonazis que aún buscan revertir la victoria de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial.

Estas consideraciones, al parecer se volvieron aún más extendidas en la mente de Putin mientras preparaba a sus fuerzas para un ataque a Ucrania. Sin embargo, dichas consideraciones deben verse como una acumulación de agravios sobrepuestos a una serie de acérrimos cálculos geopolíticos.

Desde la perspectiva de Putin, los orígenes del conflicto en Ucrania comenzaron inmediatamente después del fin de la guerra fría, cuando la OTAN comenzó a aprovecharse de la debilidad de Rusia en ese momento y comenzó a expandirse sin tregua hacia el este. En 1999, tres países que habían sido aliados soviéticos –Hungría, Polonia y República Checa–, todos antiguos miembros del Pacto de Varsovia (la versión moscovita de la OTAN), se incorporaron a la alianza.

En 2004, Bulgaria, Rumania y Eslovaquia fueron agregados junto con tres estados que habían sido parte de la Unión Soviética (Estonia, Letonia y Lituania). Para la OTAN, este impresionante escalamiento trasladó su frente de defensa mucho más allá de los campos industriales a lo largo de las costas del Atlántico y el Mediterráneo. Mientras tanto, el frente ruso se redujo en miles de kilómetros hacia sus propias fronteras, colocando en posición de gran riesgo a su feudo, lo que generó profunda ansiedad entre los más altos funcionarios de Moscú que no aceptaban estar rodeados de fuerzas hostiles.

Creo que es obvio que la expansión de la OTAN no tiene relación alguna con la modernización en sí de la alianza ni con garantizar la seguridad de Europa, declaró Putin en la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2007. Por el contrario, representa una seria provocación que reduce el nivel de confianza mutua. Y tenemos el derecho de preguntar: ¿contra quién es esta expansión?, señaló.

Fue, sin embargo, la decisión de la OTAN de 2008 de ofrecer membresías a las ex repúblicas soviéticas de Georgia y Ucrania lo que enardeció las preocupaciones de seguridad de Moscú. Después de todo, Ucrania comparte una frontera de más de 965 kilómetros con Rusia, muy cercana a gran parte de su centro industrial. Los estrategas rusos temían que si Ucrania se unía a la OTAN, Occidente podría desplegar armamento poderoso; incluidos misilies balísticos, justo en su frontera.

Occidente ha explorado el territorio de Ucrania como un teatro futurista, con un campo de batalla que algún día estaría dirigido contra Rusia, declaró Putin en un acalorado mensaje el 21 de febrero, justo antes de que los tanques rusos cruzaran la frontera con Ucrania. Si Ucrania se une a la OTAN, sería una amenaza directa a la seguridad de Rusia.

Para Putin y sus principales asesores de seguridad, la intención principal de la invasión era eliminar esa posibilidad a futuro, y permitir que el frente ruso pudiera trasladarse más allá de su núcleo vulnerable, así como mejorar sus ventajas estratégicas en el espacio de batalla europeo.

Al parecer, subestimaron el poder de las fuerzas que se alinearon en su contra, tanto en lo referente a la determinación de los ucranios comunes de repeler al ejército ruso, como en la unidad que mostró Occidente en su disposición a imponer duras sanciones económicas, por lo que, con toda probabilidad, Moscú saldrá de esta batalla en una posición de desventaja. Pero una incursión de esa magnitud implica estos riesgos draconianos.

Mackinder, Mahan y la estrategia de EU

Washington se ha manejado a sangre fría en sus consideraciones geopolíticas durante más de un siglo, y al igual que Rusia, con frecuencia se ha topado con resistencia.

 Biden

Como una potencia comercial que depende significativamente de su acceso a los mercados extranjeros y a materias primas, Estados Unidos ha buscado tener control estratégico sobre una serie de islas, incluidas Cuba, Hawai y Filipinas, usando la fuerza cuando ha sido necesario. Esa consigna continúa hasta hoy, y la administración Biden busca preservar o expandir el acceso de Estados Unidos a bases militares en Okinawa, Singapur y Australia.

En esos esfuerzos, los estrategas estadunidenses están influenciados por dos vertientes principales del pensamiento geopolítico. Uno es el que fue nutrido por el geógrafo inglés Sir Halford Mackinder (1861-1947), quien sostenía que la combinación del continente Euroasiático poseía gran parte de la riqueza global, recursos y población, al grado de que cualquier nación capaz de controlar esa región estaría en condiciones de controlar el mundo de manera funcional. De ahí surgió el argumento de que los estados insulares como Gran Bretaña y, metafóricamente, Estados Unidos, tenían que mantener una presencia significativa en Euroasia, e intervenir en la zona, de ser necesario, para impedir que alguna potencia de la región ganara el control de los otros estados.

El oficial naval estadunidense Alfred Thayer Mahan (1849-1914), de manera similar, sostenía que en el mundo en proceso de globalización, donde el acceso al comercio internacional era esencial para la supervivencia de una nación, el control de los mares era aún más crítico que el control de Euroasia. Un ferviente estudioso de la historia naval británica, Mahan, quien fue presidente del Colegio Naval de Guerra en Newport, Rhode Island, de 1886 a 1893, concluyó que, como Gran Bretaña, su país debía contar con una poderosa marina y numerosas bases en todos los mares para beneficio de su supremacía comercial global.

Desde 1900 en adelante, Estados Unidos ha buscado estrategias geopolíticas, aunque en lugares distintos de Euroasia. La relación con Europa se ha inspirado en gran parte en las ideas de Mackinder. Durante la Primera Guerra Mundial, y pese a muchas dudas a nivel doméstico, el presidente Woodrow Wilson fue convencido de intervenir en la discusión anglo-francesa y argumentar que una victoria de Alemania llevaría a que una sola potencia sería capaz de dominar al mundo, y que ello amenazaría los intereses estadunidenses vitales. Esa misma línea de razonamiento llevó al presidente Franklin Roosevelt a apoyar que Estados Unidos entrara a la Segunda Guerra Mundial en Europa, y a sus sucesores a desplegar cantidades importantes de fuerzas militares para impedir que la Unión Soviética (hoy Rusia) dominara el continente. Esta es, de hecho, la razón esencial de la existencia de la OTAN.

En el escenario Asia-Pacífico, sin embargo, Estados Unidos ha utilizado sobre todo el enfoque de Mahan al buscar el control de bases militares en islas y teniendo la más poderosa fuerza naval de la región. Sin embargo, cuando Estados Unidos ha estado en guerra con Asia continental, como fueron los casos de Corea y Vietnam, el resultado fue el desastre y la retirada. Como consecuencia, la estrategia geopolítica de Washington en tiempos recientes se ha enfocado en mantener bases militares en islas a lo largo de la región para garantizar que su país mantenga una avasalladora superioridad naval.

Competencia entre poderes en el siglo XXI

Durante este siglo, la cada vez más tensa guerra global contra el terror (GGCT) de ­Washington, con sus costosas y fútiles invasiones a Afganistán e Irak, fueron consideradas por muchos estrategas estadunidenses como distracciones dolorosas y erradas de una tendencia global geopolítica de largo alcance. Surgió el temor de que China y Rusia estuvieran aprovechando la oportunidad de avanzar en sus propias ambiciones geopolíticas mientras Estados Unidos estaba distraído por el terrorismo y la insurgencia.

Para 2018, el liderazgo militar de alto rango ya estaba al límite de su paciencia con la eterna guerra contra el terror, y proclamó una nueva doctrina estratégica de la gran competencia entre poderes, que es un eufemismo perfecto para la geopolítica.

En esta nueva era de competencia entre poderes, nuestras ventajas bélicas sobre las estrategias de nuestros rivales son desafiadas, explicó el secretario de Defensa Mark Esper en 2019. Indicó que mientras el Pentágono gradualmente dejaba de lado la GGCT, estamos trabajando para reubicar a nuestras fuerzas y equipos a escenarios prioritarios que nos permitan competir mejor con China y Rusia.

Explicó que ello requería acción en dos frentes: en Europa, contra una Rusia cada vez más asertiva y mejor armada, y en Asia, contra una China cada vez más poderosa. Ahí, Esper buscaba acelerar un despliegue de fuerzas aéreas y navales, además de crear una cooperación más estrecha con Australia, Japón, Corea del Sur –y cada vez más– con India.

A la luz de la derrota del país en la guerra en Afganistán, esa visión ha sido adoptada por la administración Biden, al menos hasta la actual crisis, pues siempre vio a China –y no a Rusia– como la mayor amenaza a los intereses geopolíticos de Estados Unidos.

Debido a su creciente riqueza, capacidad tecnológica y a sus avances militares, China por sí sola era vista como capaz de desafiar el dominio de Estados Unidos en el tablero de ajedrez geopolítico. China en particular se ha vuelto rápidamente más asertiva, afirmó la Casa Blanca en su Guía Intermedia de Seguridad Estratégica de marzo de 2021. Es el único competidor potencialmente capaz de combinar su poderío económico, diplomático, militar y tecnológico hasta convertirse en un reto sostenido para un sistema internacional abierto y estable, agregó el reporte.

A principios de febrero, para dar una guía de alto nivel a la lucha de toda la nación para contrarrestar a China, la Casa Blanca difundió un documento titulado Estrategia Indo-Pacífico, al tiempo que Rusia movilizaba a sus fuerzas a lo largo de la frontera con Ucrania. Al describir a la región del Indo-Pacífico como el verdadero epicentro de la actividad económica mundial, la estrategia llamaba a hacer un esfuerzo multifacético para impulsar la posición estratégica de Estados Unidos y –para usar otra palabra de otra era– contener el surgimiento de China.

En una clásica expresión de pensamiento geopolítico, decía: Nuestro objetivo no es cambiar (a China) sino dar forma a un ambiente estratégico en el que podamos operar, construyendo un equilibrio de influencia en el mundo que sea favorable al máximo para Estados Unidos, nuestros aliados y socios.

Al implementar este esquema, el equipo de seguridad nacional de Biden considera claves las islas y los pasajes marítimos para una estrategia de contención ante China. Los altos mandos enfatizaron la importancia de defender lo que llamaron la primera cadena isleña, incluyendo Japón y Filipinas, que separa a China del Pacífico. Justo en medio dedicha cadena se encuentra, desde luego, Taiwán, que es reclamado por Pekín como su territorio y que ahora es considerado por Washington esencial para la seguridad de Estados Unidos, en un típico precepto de Mahan.

En este contexto, el asistente de la Secretaría de la Defensa para asuntos del Indo-Pacífico, Ely Ratner, dijo al comité de Relaciones Exteriores en diciembre: Quisiera comenzar con un panorama de por qué la seguridad de Taiwán es tan importante para Estados Unidos. Como saben, Taiwán se ubica en un nodo crítico dentro de la primera cadena isleña, y sirve de ancla para una red de aliados y socios de Estados Unidos que es crítica para la seguridad de la nación y para la defensa de los intereses vitales de Estados Unidos en el Indo-Pacífico.

Desde el punto de vista de Pekín, sin embargo, esos esfuerzos para contener su crecimiento e impedir el ejercicio de su autoridad sobre Taiwán son intolerables. Sus líderes han insistido repetidamente en que la interferencia de Estados Unidos violaría una línea roja y que ello llevaría a una guerra.

El tema de Taiwán es la más grande caja de yesca entre China y Estados Unidos, dijo recientemente Qin Gang, embajador chino ante ­Washington. Si las autoridades de Taiwán, envalentonadas por Estados Unidos, siguen en el camino por su independencia, esto muy probablemente acabaría en un conflicto militar entre China y Taiwán, dos países muy grandes, agregó.

Con aviones chinos volando repetidamente en el espacio aéreo de Taiwán y buques de guerra estadunidenses patrullando el estrecho de Taiwán, muchos observadores esperaban que Taiwán, y no Ucrania, fuera el lugar donde estallaría un conflicto militar mayor surgido de la competencia entre poderes en esta época. Algunos sugieren ahora de manera ominosa que el no responder en forma efectiva a la agresión rusa en Ucrania podría provocar que los líderes chinos lancen una invasión a Taiwán.

Otros puntos álgidos

posible Guerra en todo el mundo

Desafortunadamente, Ucrania y Taiwán no son en la actualidad los únicos sitios de conflicto en el tablero del ajedrez global. Dado el impulso que tiene la competencia entre poderes, existen otros puntos álgidos que han surgido debido a su posición estratégica o su acceso a materias primas o ambos. Entre ellos los siguientes:

–La zona del mar Báltico contiene a las tres repúblicas ex soviéticas de Estonia, Letonia y Lituania, todas hoy miembros de la OTAN. Vladimir Putin idealmente quisiera quitarles su membresía y ponerlas de nuevo bajo la hegemonía de Rusia.

–El mar del Sur de China, que rodea no sólo al gigante asiático sino a Brunei, Indonesia, Malasia, Filipinas y Vietnam. Pekín reclama para sí casi todo este territorio marítimo y las islas que ahí se encuentran, y mediante la fuerza evita que otros países ejerzan derechos de desarrollo en el área. Bajo las administraciones Trump y Biden, Estados Unidos prometió ayudar a a esos países a defenderse de la intimidación china.

–El mar del Este de China cuenta con islas deshabitadas reclamadas tanto por esa nación como por Japón. Cada uno de esos países ha enviado aviones de combate y barcos al área para hacer valer sus intereses. A fines del año pasado, el secretario de Estado, Antony Blinken, le aseguró al ministro japonés del Exterior que Washington reconoce su reclamo sobre las islas y apoyará a su país militarmente si China las ataca.

–La frontera entre India y China, que ha sido lugar de enfrentamientos periódicos entre militares de ambos países. Estados Unidos ha expresado su apoyo por la posición de India, y busca estrechar los nexos militares con ese país.

–El Ártico es reclamado en parte por Canadá, Groenlandia, Noruega, Rusia y Estados Unidos; se cree que en él hay enormes reservas de petróleo, gas natural y minerales valiosos. Algunas zonas son reclamadas por dos o más países, pero también es considerado por Rusia un sitio seguro para sus submarinos nucleares lanzamisiles, y por China como una potencial ruta comercial entre Asia y Europa.

En años recientes ha habido enfrentamientos y choques menores en todos estos lugares, y cada vez son más frecuentes. Ante la invasión rusa a Ucrania, las tensiones se incrementarán globalmente, así que estemos atentos a lo que ocurre en estos sitios. La historia sugiere que la geopolítica global rara vez termina de manera pacífica. Bajo las circunstancias, una nueva guerra fría –con ejércitos literalmente congelados– podría ser buena noticia, lo cual es la más deprimente de todas las posibilidades.

Traducción: Gabriela Fonseca

Fuente: La Jornada

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